El almanaque de mi padre

Guión y dibujo Jiro Taniguchi
Planeta deAgostini
Chichi no koyomi
1994
Noviembre de 2001 - Enero de 2002
3 volúmenes

Traducción Geni Bigas y Sayuri Suzuki
Rotulación: Albert Agut
96 páginas
Ilustración de cubierta Jiro Taniguchi

Esta reseña puede ser un complemento perfecto de la que escribía hace poco sobre otro manga que acaba de sacar Planeta, Monster. Estamos ante otro producto enclavado en la biblioteca Pachinko, que ahora en sus comienzos parece el perfecto vehículo para introducir en nuestro mercado una serie de mangas con un contenido más adulto del usual, que permiten recrearse en otros aspectos que los mangas que hasta ahora han triunfado en nuestro país no tocaban ni por asomo. De hecho, El almanaque de mi padre es la primera obra publicada que nos introduce en un tebeo puramente costumbrista, en los que las emociones y la introspección de los personajes es el combustible que hace funcionar la historia. Bueno. No es la primera obra de este tipo aparecida aquí. Hace ya varios años El Víbora serializó en sus páginas El caminante, un atípico manga obra del mismo autor que deleitaba al lector con los paseos de un japonés por diversos paisajes de su país. Y han aparecido otros tebeos en los que se contaba la vida cotidiana de ciertos personajes, como Ikkyu, que jugaban en parte con las mismas bazas. Pero creo que sí se le puede considerar como la primera publicación canónica de este tipo de tebeos. Y es un paso adelante, porque abre las puertas a otro tipo de material que hasta ahora no aparecía no porque no lo hubiese sino porque a veces es necesario echar la moto a andar para que todo el mundo se atreva a tirar hacia adelante. También es cierto que puede que con este paso adelante tan arriesgado estén a punto de caer por el abismo del fracaso comercial, pero tanto la intención como el material deben valorarse como lo que son. Una llamada a todo el mundo para reencontrarse con los buenos tebeos, que ahora se pueden encontrar en mayor cantidad que nunca en las librerías especializadas.

El almanaque de mi padre retrata a la perfección la historia de un hijo que se ha distanciado de su padre y, a la muerte de éste, regresa a su antiguo hogar para enfrentarse a la realidad de que lo desconocía completamente y que el motivo de la ruptura ha quedado perdida en el pasado. A través de las conversaciones de este personaje con sus familiares y de sucesivos flashbacks a modo de recuerdos que se intercalan en la narración, vamos profundizando en lo que pasó en el pasado a su familia, como era la convivencia y cómo un fatal incendio que arrasó la ciudad sembró la semilla que acabó con la felicidad de la familia.

La mirada con la que Taniguchi afronta la reconstrucción de algo tan sumamente triste me ha parecido fría y distante, cosa que considero que no le va en demasía a lo que prentende transmitirnos. Personalmente en ningún momento el lector se puede situar cerca de lo que se cuenta, no tanto porque no empatice con el protagonista como porque el autor pone excesiva distancia entre lo que se cuenta y el lector al que cuenta la historia. Es cierto que puede que Taniguchi esté intentando transmitir lo mismo que el protagonista siente, que está en el funeral de su padre y no consigue emocionarse, cosa que a medida que va profundizando en su conocimiento sí que va ocurriendo. Pero esa frialdad inicial penetra tanto que cuando terminas su lectura no puedes deshacerte de ella. Y es curioso ya que con los anteriores tebeos de su autor publicados en España ocurría un poco lo mismo. Así Sobrevivir en la nueva era glaciar era un tebeo de aventuras en mundo tras catástrofe que, a pesar de ser impecable desde el punto de vista formal, te dejaba a la misma temperatura que la que tenían que padecer sus sufridos protagonistas; y Hotel Harbor View es otro tanto de lo mismo, solo que todavía mejor narrada, contando con uno de los ejercicios de estilo más estimulantes que se recuerdan, con esa bala viajando durante varias páginas hacia un personaje que la ve venir y no puede hacer nada por esquivarla. 

Pero a pesar de lo que he dicho, El almanaque de mi padre resulta una lectura provechosa, no sólo desde el impecable aspecto formal sino también porque se lee con agrado y además nos recuerda que debemos mantenernos siempre cerca de nuestros seres queridos, que nunca el orgullo nos debe cerrar el camino hacia ellos no vaya a ser que cuando queramos recuperar las comunicaciones perdidas ya sea demasiado tarde.

© Ignacio Illarregui Gárate 2001
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